Texto: Diego Caballo Ardila

Fotos: Daniel Caballo Méndez

Al principio no le prestamos demasiada atención. El nivel de ruido en el mesón Casa Vidal era muy elevado. Había un pájaro en su jaula, colgada cerca de las máquinas de tabaco y tragaperras, que cantaba sin cesar, al que se sumaban la televisión, a la que nadie prestaba atención; música de fondo, platos y vasos saliendo del lavavajillas de detrás del mostrador y un número importante de clientes que se desgañitaban para intentar hacerse oír por encima de la algarabía.

DISPARO

Pedro, bajito, calvo, habitual y conocido, volvió a insistir, ya voceando:

-          Algo ha pasado ahí fuera, ¡joder!...

Algunos alcanzaron el umbral. Yo fui hasta la calle donde estaban aparcados los coches a uno y a otro lado de la acera, pero no vi nada anormal. Un poco más alejado, en una isleta, también ocupada por coches, vi cómo alguien se asomaba a la ventanilla haciendo visera con su mano derecha.

Al acercarme me llamó la atención aquel bulto en el techo del flamante y reluciente Peugeot 405. Después, antes de que uno de los policías desplazados al lugar, me mandara “disolver”, pude comprobar que dentro, en el asiento del conductor, yacía un hombre empuñando un arma con la cabeza destrozada y mucha sangre. La bala se detuvo en el techo, que no llegó a perforar.

Más tarde se conoció su historia.

Era un miembro del Cuerpo Nacional de Policía, tarea que compatibilizaba con otros trabajos para lograr sacar adelante a su esposa y dos hijos, niño y niña.

-          Era  - dijo un vecino de escalera - una buena persona, un trabajador, un buen trabajador, - recalcó – y un buen padre de familia.

Ángel, así se llamaba, era un gran aficionado a los coches desde su infancia. Acudió a más de un circuito para presenciar algunos campeonatos y seguía fielmente por televisión cada evento de la F-1.

Desde hacía tiempo aspiraba  a desprenderse  de su desvencijado Peugeot 205, que solo le daba problemas y averías.

Animado por su esposa y, sobre todo, por su hijo, que apenas contaba cinco años y al que ya le gustaban los coches tanto como a él, decidió dar el paso y sacrificarse un poco más, porque también estaba la hipoteca del piso y el resto de gastos, y comprarse el 405, que apenas tenía ahora mil kilómetros de rodaje y menos de un mes y medio de vida cuando  en su  interior se quitó la vida.

II

El hecho había sucedido apenas dos días antes.

Para celebrar que tenía coche nuevo, que estaba libre de servicio y que el día primaveral y resplandeciente era ideal y festivo, le dijo a su esposa que dispusiera todo para salir.

Mientras, Ángel le pasó la gamuza por enésima vez al ya resplandeciente capó y al cristal delantero mientras su hijo jugueteaba cerca con un cochecito de juguete verde y de hierro.

Mientras Ángel ayudaba a su esposa a llevar las bolsas desde el portal al coche, el pequeño hizo deslizar su juguete por encima del capó acompañándolo de sonidos casi guturales:

-          Rum, rum, shiuss…

Y el flamante coche del padre lució unas rayas finas y cruzadas por encima de la pintura.

Ángel montó en cólera y le castigó como había hecho otras veces, pero con mucha más contundencia, cogiéndole la mano con la que había hecho la trastada y dándole golpes con la suya una y otra vez hasta que su esposa logró arrebatárselo.

El niño no dejaba de llorar por el camino, quejándose del dolor en la manita golpeada.

Después, cuando todo se fue calmando, Ángel le pidió perdón volviendo su cabeza hacia el asiento trasero. Le pidió perdón a su esposa, que viajaba a su lado, y se recriminó a sí mismo.

Unas horas después, cuando se disponían a parar a comer, Rocío - la esposa – reparó en la mano del niño, que se había ido quejando  por el camino.

-          Ángel, mira el color de la mano. La tiene morada… no me gusta. También la tiene inflamada…

Ángel paró en cuanto pudo y dedujo que lo mejor que podía hacer era dar la vuelta y acercarse al hospital o puesto de socorro más cercano.

El médico que le atendió les dijo que tenían que acudir al hospital Virgen de la Asunción lo más pronto posible. Y apenas media hora más tarde el niño ingresaba en urgencias.

La espera se eternizaba mientras los padres se miraban rompiendo su silencio solo para prestarle atención a la pequeña, que no dejaba de preguntar qué le pasaba a su hermano.

Y salió un médico para informarles de la situación:

-          Hay que esperar para ver cómo evoluciona, pero la situación es grave.

Tarde y noche de silencio. Pasillos interminables. Los padres de Rocío, desplazados hasta el hospital, que no acababan de dar crédito a lo ocurrido, se hicieron cargo de la pequeña. Ángel fumaba sin parar lo que no se había fumado desde hacía dos años que había dejado el tabaco.

Y de nuevo apareció el médico, vestido con bata verde y la  mascarilla, que acababa de quitarse:

-          Siento comunicarles, en nombre del equipo que hemos atendido a su hijo, que nos ha sido imposible salvarle la mano, y que hemos tenido que proceder a su amputación. Ahora se está recuperando de la operación, y según su evolución la enfermera les avisará para que puedan entrar a verlo.

DISPARO3

-          Ni Rocío, ni Ángel fueron conscientes de que habían oído la palabra amputación. Un vocablo que recorrió el espacio justo que dista entre la boca y el alma.

Rocío miró a su marido con rabia, con furia, y gritó un  reproche seco, helado, que Ángel asumió mientras se maldecía a sí mismo. Y de nuevo salió a fumar  mientras recorría la fachada del hospital de punta a punta a un ritmo acelerado.

Pasaron a verlo cuando les avisó la enfermera. Primero Rocío y detrás, a poca distancia, Ángel.

Aún no se había despertado del todo de la anestesia, pero se le veía sereno, muy tranquilo, sin perder la expresión de granujilla que siempre se le dibujaba en la cara.

Horas interminables. Minutos golpeando uno a uno en la mente de Ángel. Y pasó la noche y acudió la mañana vistiendo a la luna de neblina mientras el sol se abría paso muy lentamente.

III

Cuando Ángel vio a su hijo, le costó creer que el niño no estaba en su cama de casa.

Despierto, casi alegre, vivaz, miró a su padre, que, ahora, reparaba en el  gotero situado al lado de la cama y del que salía una goma que se conectaba con el brazo del niño:

-          Papá, papá – le llamó -

-          ¿Verdad que si soy bueno me pondrán la mano de nuevo…?

Ángel caminó a paso ligero hacia ningún sitio.

La nada le esperaba al atardecer, cuando su arma reglamentaria obedeció al dedo que presionó  el gatillo en el instante justo en que en el interior de su cabeza se abrió paso el destello mortal y lúcido que iluminó su noche para siempre.

DISPARO2

IV

En el mesón Casa Vidal sigue la misma algarabía de siempre.

El jilguero, en su jaula, adorna las notas musicales de las máquinas. Y ahora me he enterado de que a los pájaros de competición les viene muy bien el ejercicio de exponerlos en lugares ruidosos para que alcancen mayor potencia y afinen más sus trinos.


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