img abrazando al aire

Por Diego Caballo Ardila

Aunque sin ninguna enfermedad concreta, Carmen, con 89 años cumplidos, ha pasado a ser en tan sólo unos meses la más clara representación de la antesala de la muerte.

Pero sigue conservando algo muy bello: su mirada. Y con los ojos me ha dicho que le quedan esperanzas de morir cuanto antes.

Al entrar en su habitación se sobresaltó. Quizás no me esperaba...

-               ¿Y eso, tan tarde...?

Me preguntó.

Supe que no me había reconocido. Luego, cuando estuve seguro de que había reparado en mi, la miré:

-               ¿Quién soy yo?

-               Ya te he conocido

Y abundé como un estúpido:

-               Pero, ¿cómo me llamo?

-               Alfonso. Tú eres Alfonso.

Y a continuación me recitó correctamente los nombres de sus cuatro hijos, todos tan lejos... tan lejanos.

De ella - diminuta, oscura, otrora robusta y ahora endeble - destacan sus manos. Una recoge a la otra. La otra recoge a la una. Una mano, que lavó a la otra, y que las dos se lavaron juntas, apenas si se despegan. Se están dando calor. Y compañía. Esas manos son cómplices de su existencia mínima.

Las manos de Carmen, - que son azules de venas protuberantes, blancas de huesos señalados al entrecruzarlas, oscuras de manchas irreversibles y tímidas - trabajaron el campo, lavaron mucha ropa sudorosa propia y ajena, despiojaron cabezas y acercaron el puchero de garbanzos a la lumbre miles de veces; recogieron carbón, apañaron aceitunas y bellotas de entre las heladas negras de las tierras extremeñas. Esas manos que le ayudaron a detener el sol para otear el horizonte, o el cielo, o el cielo y la tierra para calcular el tiempo que haría al día siguiente, están quietas y en silencio. Las manos, estas manos, otras manos como ellas, poco activas, ya no hablan. Sus gestos, que eran palabras, se fueron enérgicos. Se fueron perdiendo para quedar en reposo, silenciosas, quietas, casi multicolores.

Ahora mismo, una, la izquierda, se ha posado en la derecha y la mantiene presa, cubierta... Un instante después se desliza por debajo para mostrar un anillo de plata, también desgastado, con dos iniciales grandes entrelazadas, JyC

La mano derecha porta en el dedo anular una alianza de oro, de casada, de viuda, de regalo de la madre del marido. Las manos de Carmen de vez en cuando se separan y se retiran, cada una por su lado, a la oscuridad de las bocamangas. Y entonces parecen que no están, que un brazo da continuidad al otro abrazando al aire. Una mano, esta vez la derecha, ha bajado a la zapatilla de felpa y ha consolado el picor del pie izquierdo, que contagia al derecho, que también pide caricias. Las zapatillas, con dos solapas de la misma tela que el resto, se desprenden del belcro por el empeine y dejan ver un color de piel parecido al de las manos.

Cuando el silencio ocupaba la habitación completa, se le calló su anillo, - “recuerdo del mi compañero”- me dijo, señalándolo. Lo recogí del suelo, me extendió la mano y se lo coloqué de nuevo en su dedo ceremoniosamente. Y me marché. Encendí un cigarrillo -el primero del día – y caminé hasta el coche mientras oía el ruido de las infernales radiales madrileñas, próximas a la residencia de ancianos.

En la radio sonaba una canción, de la que tan solo retuve unas estrofas:

“No me niegues, amor, yo te lo pido. No me niegues, amor, los momentos felices que vivimos”...

El semáforo empezaba a parpadear anunciando el cambio. Aceleré con fuerza, giré a la izquierda y supe que no estaba seguro de adónde iba.


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