El silencio es la muerte

y si te callas

mueres,

y si hablas

mueres,

así que habla y muere.

Tahar Djaout  

 

Aclaraciones y correcciones :

La Dulce Pegi no tiene porqué ser la Dulce Pelli (o Peyi o Peggi). Es un personaje producto de mi imaginación, y de la tuya...

Como todos los personajes que inventamos, o medio inventamos, tienen un poco del que lo inventa.

“El silencio es la muerte”... A veces (aunque esté hablando la madre).

Si quieres, habla. Y muere un poco... pero sin saber de qué... Quizás de ti misma, por no hablar.

Por todo (y siempre por el lenguaje exquisito que escoges), Gracias.

 

LA DULCE PEGI            

María Eugenia de Solís García, es joven, alta, de pelo castaño y ojos con falta de belleza.

Lo que más me llamó la atención de ella, cuando me la presentaron en la cafetería-comedor del Colegio Mayor de las Teresianas, de Madrid, fue que me pareció que estaba partida en dos y mal pegada. Hasta la cintura todo va más o menos bien, aunque sus piernas quedaban ocultas por un pantalón de color oscuro, al menos en ese momento. De la cintura hacia arriba, su otra mitad, está echada hacia atrás aparatosamente, como huyendo del vientre. Los diminutos - o casi inexistentes pechos - parecen ocultarse aún más debido a esa delgadez o malformación.

Tiene - que se sepa - mamá y hermano (otro día me enteré de que su padre vivía lejos del domicilio conyugal por razones de divorcio). Su hermano es muy parecido a ella, pero más callado. Y su madre, como otra mucha gente que está sola, necesita hablar (la soledad nos hace meditar, hilar discursos, justificar nuestras faltas, ponernos en paz con nosotros mismos y quizás después con el dios que todos nos fabricamos, el que nos perdona siempre porque no le escuchamos nunca). Habla la madre y se escucha el silencio, quizás porque los demás, mientras habla la madre, piensan en otra cosa.

La Dulce Pegi, que también está sola y finge ser feliz, después de comer, y de escuchar a la madre y de hablar ella y de mirar a su hermano, sacó del bolso la medicina que no le remediará nunca su enfermedad crónica. Un tubito pequeño y blanco, con cuentagotas, le humedeció los lacrimales.

Desde entonces - cuando la veo de nuevo - la miro a los ojos y me pregunto si María Eugenia de Solís García, también conocida como la Dulce Pegi, joven, alta, de pelo castaño y ojos secos, no puede llorar ya nunca porque padece alguna insuficiencia o porque sus ojos se secaron de tanto llorar tanto.


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