Diego Caballo Ardila*

Tenía la piel rojiza, semejante a las tierras extremeñas: esas tierras pardas, áridas por falta de siembra; llenas de grietas provocadas por el sol, rotas de parte en parte, t que algún florecerán de nuevo cuando el dios de la lluvaia abra todas sus venas. Entonces aparecerán de nuevo. Entonces aparecerán de nuevo las jaras, encinas, chaparros y las flores que se ocultaron en la sombra no descubierta.

Nació para entretener a la muerte. Sus formas eran redondas, con la hechura precisa para desarrollarse y engordar, si le hubieran repartido tiempo de engorde. No. Estaba decidido. Unas manos le apartaron de la madre. Un destete prematuro, inexistente. Y fue regalado, destinado a la crianza doméstica a base de biberones, limitación de espacio, de sol y de vida.

Él se negó en redondo. Dijo no. Concentró sus fuerzas y unió fuertemente las mandíbulas y sujetó su pensamiento.

Se oyó decir: ¡ Cerdo, hijo de puta! No traga, es imposible. No puedo entenderlo…

Al dejarlo de nuevo en el suelo ya tenía mucha muerte. Se apoyó sobre un costado, elegantemente, sin prisas. Las patas, sus cuatro patas, al aire. Habían terminado su función. No encontraron camino que recorrer ni se mancharon de fango, de ese fango que pertenece a cada cerdo. Murieron limpias de distancia, sin camino.

Lo cog´´i entre mis manos sin levantarlo del suelo y me apoderé del calor que le quedaba. No pensaba. ¿En qué iba a pensar? Era solo un cerdo. ¡Cabía entristecerse…!  Moría como tantas y tantas personas, animales y cosas lo hacían en ese momento. Solo que lo suyo era premeditado. Había decidido el momento exacto. Había que aceptarlo.

Le vinieron los primeros quejidos con las últimas boqueadas. Se aflojaron las mandíbulas y entonces descubrí diminutos dientes sin usar, sin haber mordido nada de vida. Los ojos permanecían abiertos, con valentía, con la valentía necesaria para seguir viendo lo que no le gustó desde su nacimiento.

Yo seguía acariciándolo. Se le arqueó el rabito formando una ese perfecta que acaso me perteneciera, y tan solo unos minutos después se había quedado frío. La sangre se detuvo en seco en cada en cada punto. Aparté mis manos y quedó tendido sobre el trozo de patio empedrado, sin tierra, que eligió para morir.

  • *Este cuento fue publicado originalmente en la revista de creación y crítica ALOR NOVISIMO. Diputación Provincial. Badajoz, junio de 1985.


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