Diego Caballo Ardila*

Hacía mucho tiempo que le rondaba la idea en la cabeza, que le cruzaba la mente como un rayo; pero nunca, hasta hoy, se había parado a pensar en ello. Lo interpretó como un mensaje, una orden; algo que hay que cumplir a rajatabla, como en la “mili”: primero ejecutar la orden y después discutirla. ¿Discutirla? No podría ya, sería demasiado tarde. Como algo natural y lógico (ya lo tenía decidido) iba a cumplirlo. Lo comunicó a la única persona presente:

-          Voy a matarme.

Así, en frío, como la mañana. El vaho que provenía del estiércol y el aliento de los animales hacían que el aire fuera más denso, hasta el punto de que casi se podían dibujar en él las palabras que había pronunciado.

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Antonio, el Sietemesino, su empleado y ayudante en las tareas de “Los Corrales”, no dando crédito a lo que acababa de oír, le contestó:

-          Si te matas, por lo menos deja una carta escrita; no nos jodas a los demás.

Esta no era la primera vez que el Sietemesino le oía pronunciar las fatídicas palabras, y hasta recordó que en una ocasión le ofreció dinero para que fuera él quien lo llevara a cabo. Nunca le dio demasiada importancia. Paco, el Grande, siempre fue un poco extravagante, con unas ideas muy raras. A veces, montado en la mula, iba hablando solo, con la vista perdida sin “conocer” a nadie. Pero esta vez algo le hacía sospechar que sería cierto. No sabía por qué… hasta los animales mantuvieron la mirada fija en él y, por uno segundos, pararon sus mandíbulas y sólo se oyó el frenazo en seco del pasto y el pienso quieto entre sus dientes.

Fue transcurriendo la mañana como siempre, como cada día, como desde hacía miles de siglos.

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“Los Corrales”, situados muy cerca del pueblo, dominaban la parte baja del mismo. Tenían la altura suficiente para ver acercarse el día cada mañana.  En frente, una higuera centenaria, de higos locos, con raíces gigantescas que amenazaban con desenterrarse  del todo y cruzar la calle como si fuesen tentáculos. Tal vez se lo impidieron las gallinas que merodeaban, hasta hacía poco tiempo, a su alrededor. Jugaban a hacerle cosquillas y, en ocasiones,  las raíces eran contagiadas  por el sopor de aquéllas mientras ponían. Y allí, junto al viejo tronco, quedaban los huevos de dos yemas, de cáscara fuerte y en los que la higuera tenía su parte. Justo a su lado derecho, “Los Corrales” habían tenido por vecina a la tía Nica, dueña de las gallinas, pero se había marchado hacía poco tiempo. Se la llevaron para recluirla en un manicomio, y las gallinas desaparecieron por obra de algún familiar. Y Paco, el Grande, se había quedado más solo. Aunque apenas hablaba con la vieja Nica, la certeza de saberla cerca le daba confianza y hasta alguna mañana empezaba a entonar su canción de siempre, la nunca acababa. Algún pensamiento se la partía en dos, y las estrofas, mutiladas, se diluían por las paredes.

-          Este Paco, sin familia… ¿Para qué querrá el dinero? Cuánto mejor que se casara, o que se fuera a la capital… pero así, solo… - chascaba la lengua y repetía:  Este Paco…

La tía Nica, como le llamaban todos en el pueblo, iba vestida siempre de negro y tocada con un pañuelo que anudaba a su garganta, y siempre estaba pendiente de quién pasaba por la calle. Si no le era conocido, le ofrecía inmediatamente su mercancía:

-          Tengo higos, huevos, prendas de ganchillo hechas a mano…

Los del pueblo ya sabían que las escasas gallinas sólo ponían para alimentarse ella o regalar algunos de aquellos huevos extraordinarios a Paco el Grande, o más bien  para canjearlos por leche. Los que vendía eran del montón, de las granjas donde las gallinas ponen al son de la música terapéutica y donde los pollos son cebados en poco tiempo. Tras el ofrecimiento de turno retornaba al asiento de piedra de granito, situado a la puerta de la casa,  donde mascullaba sus ideas. En los dos extremos del poyete tenía unas plantas cautivas en botes de lata y algún tiesto de desecho por donde asomaban, como orejas, las hojas de los geranios, el perejil… y hasta, en un viejo cajón de madera, los tiernos cebollinos que las gallinas no dejaban nunca crecer.

Más abajo había un tilo, con su flor amarillenta y sus hojas verdes, que la gente destrozaba cada verano para, supuestamente, hacerse infusiones. Y, ya pronto, la calle desembocaba  en la carretera que acercaba cada fin de semana a los que poseían casas en los alrededores del pueblo o a los que, simplemente, deseaban pasar allí el día. Aquel era otro mundo, su algarabía ponía nerviosos a los vecinos cada sábado, cada domingo, cada verano. Pero había que sonreír. En gran parte, gracias a ellos comían y podían ir tirando el resto de la semana. Las tiendas se llenaban de gente con pretensiones de encontrar las cosas más baratas que en la capital de donde procedían, aunque era al contrario, a excepción, claro está, de lo que se producía en el pueblo. Hoy no había peligro, era lunes, y la calle, el pueblo, estaba silencioso. Quizás el único descontento era Delfino, el tonto del pueblo, ese tonto        que se inventa en cada pueblo. Delfino vivía su vida en dos mitades, entre dos hermanos, cada uno de los cuales vivía en un pueblo diferente y distantes entre sí varios kilómetros. Se ocupaban de él por temporadas. Y le tenían prohibido pedir, sobre todo el mayor, Juan el Bolo, que no sólo se enfadaba con él sino también con el que le daba dinero. Pero Delfino seguía pidiendo, como siempre. Si hacía frío, calculaba próxima la Navidad y si calculaba próxima la Navidad te espetaba:

-          Hola, majo, ¿me das el aguinaldo?

Y si no, pues pedía para un café que luego convertiría en dos vasos de vino, bebidos de un solo trago, pero sin prisas, con velocidad medida y uniforme.

Era de baja estatura, pulcro de forma y deforme de cara. La cabeza siempre cubierta por una boina negra, encasquetada hasta las orejas, que asomaban con miedo a ser absorbidas. Debajo de la boina, un pelo blanco, recio y corto, como el de un niño travieso envejecido prematuramente.

Se enfadaba mucho si le quitaban la boina, si le destocaban, decía. En ello parecía reflejarse su pudor. A veces, hasta le decían que la propina sería a cambio de ello, pero él nunca accedía:

-          No, majo. Si quieres te canto una copla.

Y sin dar tiempo a contestar, entonaba, desentonaba:

-          Son alhelíes, son alhelíes-es-es-es…

Y se paraba, quedaba zanjado el tema.

La cara la tenía diminuta, como un rostro pintado en hueso de aceituna. Los ojos, apagados, y los párpados como en continuo deseo de darse la vuelta para enseñarnos el rojo intenso que provoca el frío. Casi siempre, le asomaba la tímida barba como puntos suspensivos que no acaban nunca de darnos el sentido exacto de lo que quieren decir. El  cuello lo llevaba abrigado por un jersey de lana, que se paraba en mitad de la garganta, para no estorbar en el recorrido de la nuez, que subía y bajaba con cada sorbo de vino negro y recio de la tierra. Encima del suéter redondo, otro en forma de pico, que no casaba nunca con el colorido, ni falta que le hacía. Cuando hacía frío, encima de los dos, un tres cuarto clarito con cuello de lana, bolsillos enormes y tela de gabardina. Los medios pantalones, lo poco que le asomaban en su corta estatura, podían ser de pana o vaqueros. En ellos no se nota tanto la suciedad, y así la cuñada de turno tendría que lavarlos menos. Los pies estaban cubiertos por unos botos de suela y ribetes de tocino, abrochados con cordones.

Recorría todos los bares, desde los que estaban en la carretera: La Cerca, que solo la abrían los veranos, con su gran terraza y piscina olímpica; el restaurante “Casa Fermín”, que abría todo el año, y donde paran muchos viajeros a comer; Los tres Hermanos, con sus tres puertas y la gran cristalera donde Delfino consumía tantos ratos tomando el sol de invierno, que le provocaba modorrera.

Luego estaban los bares del pueblo, como el “Alcoeva”, que es el que más le gustaba cuando no había trabajo. Disponía de una gran chimenea, alimentada con troncos de roble, fresno, encina y pinos, que despedían el calor justo para no querer abandonar la estancia. El dueño, Virgilio, el enterao del pueblo, recibía cada día el periódico y, en ocasiones, les leía noticias a los ancianos que se reunían allí cada día, entre semana, los festivos no (el negocio es el negocio) y hasta, por decreto ley les subía la pensión, que ellos celebraban tomando una copita. Al día siguiente, por el mismo decreto, la pensión era devuelta de nuevo a su origen. No se enfadaban, ¿para qué? Virgi es así, no es malo, y si tenían frío echaba más leña al fuego o les encendía la estufa de butano. Bueno, eso los fines de semana no, el negocio es…

Muy cerca del Alcoeva estaba el Miraltietar, cuyo dueño, Arturo, fue alcalde del pueblo durante ocho años. Aquí se podían degustar las mejores patatas de la zona en sus diferentes variedades: fritas y acompañadas de una salsa ligeramente picante, machaconas, en tortilla…

Luego estaba el bar del Negro, que era bar, tienda de comestibles, frutería, panadería, droguería… Aquí paraba poco Delfino, solo cuando veía caras desconocidas. Y por último, en la plaza del Generalísimo, el bar de Claudio, donde apenas subía. Para Delfino la vida está abajo, hasta donde llegaban la mayoría de los vecinos y los turistas que les visitaban cada fin de semana.

El Sietemesino abandonó los establos para ir a buscar pienso para los animales al pueblo vecino, montado en el viejo camión conducido por Arcadio, hermano de Paco el Grande.

-          A tu hermano otra vez le ha dado por la misma canción, que quiere matarse… comentó el Sietemesino.

-          Tú déjale, ya sabes cómo es. Está un poco mal de los nervios, y desde que se llevaron a la tía Nica… Esa sí que fue buena. Menos mal que la pillaron a tiempo, que si no nos hubiera dejado a todo el pueblo sin luz, sin teléfono… o se habría lec… elestro… bueno, como se diga eso.

El Grande siguió en sus ocupaciones, ahora solo, entre las paredes sucias que delimitaban las cuadras. Había varios apartados: a la entrada, en la más limpia, estaban las lecheras, donde cada mañana depositaba la leche tras el ordeñe, que más tarde recogería el camión de la central lechera.

También vendía directamente a los vecinos y visitantes. Lo tenía siempre muy limpio, lo regaba con una goma que permanecía enganchada al grifo que sobresalía de la pared, y después lo barría con una escoba, hecha por él mismo a base de retamas. Más adentro estaban los corrales de los cerdos, de esos cerdos blancos, grandes y orejudos que solo estaban de paso entre la vida y la muerte. Los adquirían en diferentes fincas y luego eran traídos a este pueblo en el camión que ahora había salido, guiado por Arcadio, en busca del pienso, para irlos sacrificando poco a poco, a medida que se consumían en el pueblo, donde la principal industria era la cárnica, y, fundamentalmente, la ternera (la famosa ternera de la zona); el cabrito y el cerdo; este último, de tipo perezoso, para ser cebado. Su color blanco, albino entre los cerdos ibéricos, esos que recorren, encina tras encina, los grandes latifundios, los que hacen el continuo ejercicio que requiere la especie para darle el mejor sabor a los productos en los que serán convertidos.

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Las vacas tenían su compartimento aparte. Eran pocas, no más de tres o cuatro. Hermosas, de raza suiza, lecheras; cada una de ellas podía aventar más de veinte litros cada mañana, y hasta treinta y cinco si estaban recién paridas. Paco, el Grande, las trataba con cariño, les pasaba la mano por el lomo, les acariciaba el morro y ellas le miraban fijamente, con descaro, sin parar de rumiar el último bocado. Mientras las ordeñaba se adormecían y ni siquiera se sacudían la mosca imprescindible que las molestaba. Paco, el Grande, sabía que en otros lugares las tapan con una manta y les hablan, como hace él, para tener un “apoyo” más perfecto. Por la mañana, no muy temprano, tras las primeras tareas, y una vez ordeñadas, las sacaba a los prados donde, hasta el atardecer, en que eran recogidas de nuevo, se dedicaban a arramplar con todo lo que encontraban a su paso. La yerba nunca faltaba del todo. Ellas recorrían los prados una y otra vez  haciendo intento de alcanzar las bajeras de los pinos, las higueras o las tímidas hojas que se aproximaban a la linde de la huerta cercana.

La mañana había avanzado tan lentamente como siempre. Todos los animales estaban ya atendidos, a excepción de Señorona, la mula que le llevaba y le tría de los prados donde pastaban las vacas y de las viñas que ahora estaban despejadas del fruto recién recolectado.

Y las palomas. A las palomas no hay que cuidarlas apenas, ellas saben hacerlo solas; pero, eso sí, ha de permanecer abierto el ventanuco del pajar-palomar donde anidaban y dormían. Ahora estaban ya en los tejados y paredes. Perezosas.

El día era frío y amenazaba con unas nubes negras paradas justo encima. Con un silbido corto las atraía. Y les hablaba. Ellas miraban desde lo alto, como los espectadores silenciosos que él necesitaba. De vez en cuando alguna de ellas se lanzaba hacia el suelo con el vuelo preciso para robar algo del pienso derramado… o permanecían comiendo, tranquilamente, junto al resto de los animales hasta que Paco el Grande se acercaba. Entonces alzaban el vuelo de forma desconfiada y seguían observando desde lo alto. Desde allí dominaban la sierra, vestida de pinos y que ya, tímidamente, empezaban a blanquear su cocorota.

Paco el Grande seguía con su trajín, despacio, con precisión. Miraba al cielo y observaba las nubes negras, con color de sueño, de soledad, de tiempo que se repite cada día.

Sus botas de goma, que le cubrían hasta las rodillas, iban anunciando las zancadas gigantes que nunca llegaron a ningún sitio. Dentro de ellas habitaban los pantalones de color oscuro, teñidos por el tiempo. Un jersey y una chaqueta de pana completaban el atuendo que solo sustituía los días festivos para ir a echar la partida en el bar.

Llevaba gafas. Desde hacía algún tiempo no veía bien, y le incomodaban, se sentía mal detrás de ellas, por eso, quizás, olvidaba siempre limpiarlas y en sus cristales aparecían restos del entorno. La boina, negra, como las nubes, como el sueño, como su vida, como la muerte. La boina, apretada, parecía empujarle hacia abajo y haberlo logrado, porque su espalda estaba un poco encorvada y sus hombros como en un continuo gesto de extrañeza. Miraba el madero que sobresalía de la pared, del que colgaban la jáquima y las sogas. Así permaneció largo rato, como ausente, como si se hubiera detenido para siempre. Una paloma le pasó rozando la cabeza para ir a situarse después en lo alto de la pared de adobe de la que sobresalía el madero.

Cambió la jáquima de sitio para que estuviera bien visible, no fuera a ser que luego no la encontrasen. Las dos sogas, anudada una a la otra para formar la collera que requería el aparejo, fueron tomadas en sus manos, acunadas. Y miró al cielo. Un capote negro lo estaba envolviendo. Separó una soga de la otra y, con cuidado, amarró un extremo al madero y fue recogiendo el resto hasta dejarle la medida justa que, sumada a su estatura, no llegara al suelo.

El camión, cargado con el pienso, rugía en la cuesta que le aproximaba a Los Corrales. Un murmullo de gente situada en la puerta lo acallaban. Arcadio y el Sietemesino se abrieron paso sin preguntar nada.

Las palomas habían desaparecido de los tejados y paredes.

La lluvia, fuerte, de tormenta, lavaba un resto de sangre en el suelo empedrado. La justicia, tras poner fin a los pormenores, había ordenado levantar el cadáver.

-          No padeció nada. Al intentar colgarse se partió el madero y se golpeó en la cabeza, muriendo instantáneamente - comentó alguien – mientras, al fondo, se oyo un rugido de vaca desprotegida de la tormenta.

  • Publicado originalmente en la revista de creación y crítica ALOR NOVÍSIMO. Año 2º, núm. 5. Badajoz, diciembre de 1985.

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