“No temas ni a la prisión, ni a la pobreza,

ni a la muerte. Teme al miedo”.

                                                G. Leopordo

Etiopía, lejana y África, que solo es noticia en el mundo  cuando hay hambrunas o catástrofes, es milenaria, cuna de la fe y de la religión misma. Es, al menos la región que yo conozco, el pueblo que ríe.

Poblaciones como Gondar, Bahar Dar o Lalibela, llevan dibujadas las sonrisas de la dignidad y la hospitalidad de quienes son capaces de compartir con el desconocido hasta su último grano de café. Aparentemente, están anclados en el medievo. Los animales  comparten morada con las familias porque quizás (seguro) son tan importantes como ellos mismos. Allí no hay crisis más que la misma crisis de siempre: falta de la enseñanza necesaria, falta de luz, falta de agua, falta de pan, falta de servicios sanitarios, falta, falta, falta… pero saben reír mientras nosotros lloramos y hacemos tragedia porque se nos escapó el  tren o el autobús  y ya no volverá otro hasta dentro de cinco minutos. Ellos saben hacernos recordar el valor del tiempo. Ellos miran a las montañas como ubres gigantes, tantas veces estériles y áridas,  y saben el tiempo que hará mañana. Mientras tanto, nosotros, que padecemos de opulencia informativa que desinforma, nos pegamos al televisor para seguir los “últimos consejos publicitarios” y así uniformarnos, más si es que cabe.  

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Este viaje, como todos mis viajes, empezó con  su preparación: lectura, documentación… y así, a finales de enero, volé junto a un grupo de gente, integrantes casi todos de la ONG AYME (Ayudamos a mamá en Etiopía), concienciada con que entre todos podemos hacer algo  si tenemos el firme propósito de hacerlo. Madrid-Estambul, donde se nos unió una pareja de italianos, Gian Paolo, viajero incansable robado 60 veces en los países más insospechados, y Marcela, su pareja,  que se convirtieron en abanderados del optimismo. Y de allí a Addis Abeba, capital de la República Democrática Federal de Etiopía, el tercer país más poblado de África, rodeado  por Eritrea, en el Norte; Yibuti, en el Noreste; Somalia, en el Este; Kenia, en el Sur, y Sudán, al Oeste, atravesada por el gran valle del Rift de Noreste a Sureste. Addis Abeba (Flor Nueva), capital también de la Unión Africana, aloja a más de ochenta nacionalidades dentro de sus más de tres millones y medio de habitantes entre ortodoxos, musulmanes, protestantes y católicos, tiene su principal centro económico en el Merkato, que es el mayor mercado de toda África.

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Apenas dos días después nos desplazamos a Gondar, donde está nuestro cuartel de operaciones. Donde AYME ya ha emprendido importantes acciones con la aportación de una ambulancia, equipamientos para los bomberos, aportaciones a orfanatos, ayudas escolares, ayudas a la mujer y, ahora mismo, poseedora de una hectárea de terreno y tres edificios construidos dentro. Luchamos por conseguir un paritorio y por poner en marcha un centro de formación, que será también de alojamiento para cooperantes. Somos pocos y no tenemos dinero pero lo vamos consiguiendo guiados por su presidenta, Yeshi Bellene Hasos, mujer  etíope, residente en España, que no pierde el dulzor de su carácter ni cuando la impotencia intenta pararla.

Gondar, fundada en 1635, situada al norte del lago Tana, con casi 200.000 habitantes, ciudad mercado y agrícola, fue la antigua capital imperial y conserva la ciudadela Fasil Ghabi, que es un recinto ferial amurallado del s XVII, Patrimonio de la Humanidad, de base local árabe e influencias barroco-europeo introducido por los misioneros portugueses.

En Gondar vivimos los días más apasionantes con la celebración de la Epifanía, única, patrimonio de todos los visitantes. Había tanto que fotografiar que se me hacía imposible fotografiar nada. En medio de la gran marea humana que pretendía entrar y salir en tropel al recinto amurallado donde se celebraba el acto de bautismo y fe, decidí que me centraría en los retratos, tan difíciles siempre, y aunque llevaba un potente teleobjetivo decidí no pasar más allá del 70 milímetros para que ninguna foto fuera robada, para que cada retrato fuera cómplice y consentido. A lo largo del viaje uniría a este tema central algo de sus costumbres y forma de vida.

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Antes de partir en un pequeño autobús, cuatro días después,  hacia Bahar Dar, visitamos Vicky, su esposo Jesús, Javier y yo mismo, el parque nacional de Simen, que se extiende al norte de Etiopía, donde habita un tipo de babuino que solo sobrevive en las tierras altas etíopes y eritreas.  Después, por carreteras razonablemente en buen estado, y atravesando pequeños pueblos donde cada amanecer sus habitantes se ponen como meta sobrevivir un día más, llegamos a Bahar Dar, al sur del lago Tana. En el trayecto  fotografié el traslado de un enfermo a hombros de varias personas. Él mismo sostenía un paraguas para protegerse del sol y así, caminando durante 28 kilómetros, pudo ser atendido por un médico, supuestamente.

Bahar Dar, con más de 160.000 habitantes, es una ciudad turística, tranquila y con mejores hoteles e instalaciones en general, como el Tana Hotel, con sus  jardines humedecidos por el lago y con servicios de embarcación para visitar templos religiosos también milenarios. Antes de nuestra partida a Lalibela  habíamos visitado las cataratas del Nilo Azul, de belleza gigante, rodeadas por un entorno campesino y de tierras fértiles, donde los chavales intentan a toda costa vender al viajero algunas de sus manualidades.

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Las iglesias de Lalibela, Patrimonio de la Humanidad,  talladas en las rocas, en el interior de la montaña para que los musulmanes que invadían aquellas tierras no las pudieran ver desde lejos, fueron construidas en el siglo XII por el rey ahmara  Lalibela, cuyo nombre significa “las abejas”, y de ahí la existencia de tan magnífica miel. Todas ellas están comunicadas por túneles subterráneos y concebidas como una representación simbólica de Tierra Santa. La más importante  es la de Beta Girorgios (la casa de San Jorge), con quince metros de altura y tallada íntegramente en la roca.

Tras diez días de viaje y de haber degustado la cocina tradicional, con sus carnes y verduras servidas sobre injera, que es un pan plano hecho de harina de tef (cereal autóctono) fermentado y comido con las manos, José Luis, Manuel, Fernando “Mundi” y el resto ya mencionado, regresamos de Lalibela a Addis Abeba para emprender el regreso a España. Ahora nos toca digerir lo vivido, recopilar la información y seguir trabajando porque muchas madres en Etiopía puedan mirar el futuro cercano de sus recién nacidos con un mayor grado de esperanza.

 

 


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