Diego Caballo Ardila*

Hacía mucho tiempo que le rondaba la idea en la cabeza, que le cruzaba la mente como un rayo; pero nunca, hasta hoy, se había parado a pensar en ello. Lo interpretó como un mensaje, una orden; algo que hay que cumplir a rajatabla, como en la “mili”: primero ejecutar la orden y después discutirla. ¿Discutirla? No podría ya, sería demasiado tarde. Como algo natural y lógico (ya lo tenía decidido) iba a cumplirlo. Lo comunicó a la única persona presente:

-          Voy a matarme.

Así, en frío, como la mañana. El vaho que provenía del estiércol y el aliento de los animales hacían que el aire fuera más denso, hasta el punto de que casi se podían dibujar en él las palabras que había pronunciado.

 MG 1175

Diego Caballo Ardila*

Tenía la piel rojiza, semejante a las tierras extremeñas: esas tierras pardas, áridas por falta de siembra; llenas de grietas provocadas por el sol, rotas de parte en parte, t que algún florecerán de nuevo cuando el dios de la lluvaia abra todas sus venas. Entonces aparecerán de nuevo. Entonces aparecerán de nuevo las jaras, encinas, chaparros y las flores que se ocultaron en la sombra no descubierta.

Nació para entretener a la muerte. Sus formas eran redondas, con la hechura precisa para desarrollarse y engordar, si le hubieran repartido tiempo de engorde. No. Estaba decidido. Unas manos le apartaron de la madre. Un destete prematuro, inexistente. Y fue regalado, destinado a la crianza doméstica a base de biberones, limitación de espacio, de sol y de vida.

Él se negó en redondo. Dijo no. Concentró sus fuerzas y unió fuertemente las mandíbulas y sujetó su pensamiento.

Se oyó decir: ¡ Cerdo, hijo de puta! No traga, es imposible. No puedo entenderlo…

Al dejarlo de nuevo en el suelo ya tenía mucha muerte. Se apoyó sobre un costado, elegantemente, sin prisas. Las patas, sus cuatro patas, al aire. Habían terminado su función. No encontraron camino que recorrer ni se mancharon de fango, de ese fango que pertenece a cada cerdo. Murieron limpias de distancia, sin camino.

Lo cog´´i entre mis manos sin levantarlo del suelo y me apoderé del calor que le quedaba. No pensaba. ¿En qué iba a pensar? Era solo un cerdo. ¡Cabía entristecerse…!  Moría como tantas y tantas personas, animales y cosas lo hacían en ese momento. Solo que lo suyo era premeditado. Había decidido el momento exacto. Había que aceptarlo.

Le vinieron los primeros quejidos con las últimas boqueadas. Se aflojaron las mandíbulas y entonces descubrí diminutos dientes sin usar, sin haber mordido nada de vida. Los ojos permanecían abiertos, con valentía, con la valentía necesaria para seguir viendo lo que no le gustó desde su nacimiento.

Yo seguía acariciándolo. Se le arqueó el rabito formando una ese perfecta que acaso me perteneciera, y tan solo unos minutos después se había quedado frío. La sangre se detuvo en seco en cada en cada punto. Aparté mis manos y quedó tendido sobre el trozo de patio empedrado, sin tierra, que eligió para morir.

  • *Este cuento fue publicado originalmente en la revista de creación y crítica ALOR NOVISIMO. Diputación Provincial. Badajoz, junio de 1985.

Hoy voy a verla de nuevo, como tantas veces desde hace ya muchos años. Demasiados años de amistad sin interrupciones. ¿Sin interrupciones ?. Quizás existió una interrupción ¿O fue la consagración ? ¿O el punto de partida ?... ¿Fue lo que nos unió para siempre ?.

         Madrid al final del otoño, en la antesala de la Navidad y del invierno. Madrid en mitad de la alegría y de la tristeza. Risas y risas. Alegres y sinceras. Tristes y fingidas... Luces artificiales para adornar el ocaso gris y frío... Todo esto, una vez más, duele y trae recuerdos, quizás demasiados ; quizás este momento condense toda una vida. Navidad, Natividad... Mejor dejar que los recuerdos duerman. Y siguió caminando.

Diego Caballo*

 

La burra en la que tantas veces se montaba mi madre para ir al pueblo, estaba preñada. Su barriga redonda y parda parecía que iba a explotar. Estaban a punto de cumplirse los doce meses que les ha marcado la naturaleza a estos animales para tener hijos.

A mi padre no le gustaba demasiado la idea de que pariese un burranco. No se cotizaba apenas  y tampoco tenía necesidad de él, o de ella, si era hembra. Hubiera sido mejor un mulo o mulilla, esos sí valían sus buenas perras en las ferias de ganado. Pero el mulillo nace cuando la burra se ha cruzado con un caballo. Si ha sido con un burro, como era el caso, no había remedio.

©Copyright Diego Caballo